Una exposición en la Fundación Telefónica aborda las distintas facetas, hallazgos y aportaciones del cineasta británico.


Se ha escrito, se ha dicho y se ha rodado casi todo lo que hay que escribir, decir y ver sobre Alfred Hitchcock. Y aún así, sigue habiendo imágenes, puntos de fuga y posibles análisis escondidos en sus películas, esperando a ser descifrados. En ellos indaga Hitchcock, más allá del suspense, la exposición de la Fundación Telefónica que hasta el 5 de febrero permitirá acercarse, como uno de los voyeurs que pueblan sus películas, al proceso creativo, las inquietudes temáticas y los hallazgos técnicos de un cineasta que cambió las reglas del juego. Para siempre.

"Hitchcock tiene infinitas posibilidades", asume Pablo Llorca, director, profesor de Historia del Cine y comisario de la exposición. Por eso, resumir sus 50 años de trayectoria, sus 55 películas y sus aportaciones fundamentales al Séptimo Arte en apenas 800 metros de espacio expositivo es un auténtico reto. Llorca lo resuelve recurriendo a cinco grandes bloques interconectados: Introducción, El toque Hitchcock, Mujeres y hombres, Hitchcock y su tiempo, el arte y la arquitectura y El revés de la trama: las apariencias y los trucos. Llorca se desentiende del relato lineal y de la simple sucesión de espacios para sumergir al visitante en el fascinante mundo de "uno de los creadores más importantes del siglo XX, un autor total, un hombre capaz de generar imágenes tan potentes y fascinantes como las de los grandes pintores y escultores". Y de eso dan buena cuenta los fotogramas ampliados del pelo de Kim Novak en Vértigo, el primer plano de un guante ensangrentado de Marnie, la ladrona o el ojo muerto de Vivien Leigh en Psicosis. "Las películas de Hitchcock son maravillosas enteras, pero si las despiezas encuentras grandes hallazgos", confirma Llorca.

Del mudo al color


Nadie como Hitchcock para mostrar la evolución del cinematógrafo a lo largo del siglo XX. Del cine mudo, del que extrajo la máxima de resolver lo esencial a través de las imágenes, sin recurrir al diálogo, a convertirse en uno de los cineastas que mejor han utilizado el color con fines expresivos. También reclamó para sí la atención que durante años había caído en manos de los productores y los actores, y desarrolló, quizá como ningún otro cineasta, "la capacidad para ser comercial y muy personal al mismo tiempo".
Los storyboards y bocetos que pueblan la exposición, del diseño previos al rodaje de una secuencia de Sabotaje al más famoso asesinato cometido en una ducha, permiten descubrir el grado de detalle y perfeccionismo de un director consciente de su propio talento y, por tanto, demiurgo obsesivo de cada una de sus obras. A pesar desu afán controlador, como bien demuestra otra de las secciones de la exposición, también supo delegar y rodearse de los mejores, personajes imprescindibles para entender su obra como Bernard Herrmann, compositor de la banda sonora de sus mejores películas, Robert Burks, su director de fotografía de cabecera, o Alma Reville, su mujer, que colaboró con él en todas las fases de sus películas, desde la escritura del guión hasta el montaje.
La radical modernidad de Hitchcock tuvo que ver también con su capacidad para catalizar todos los movimientos artísticos que se desarrollaban en paralelo a su carrera, sobre todo a partir de la década de los años 50. De Dalí a Christian Dior pasando por Le Corbusier o Mies van der Rohe, todos están presentes de alguna u otra manera en su cine. Sus propias imágenes se convirtieron en iconos de la época, y su larga sombra llega hasta nuestros días como uno de los directores más influyentes, ya sea en la obra de David Fincher o en la de Rodrigo Cortés.
Besos apasionados, inquietantes pájaros, vestidos elegantes y unas cuantas sorpresas esperan al visitante. Quizá lo más subyugante sea poder ver de nuevo La ventana indiscreta proyectada en formato panorámico a lo largo de toda una pared, desde un único punto de vista, el de James Stewart. El nuestro.



300x250300 x 250